miércoles, 20 de enero de 2010

Poder

El otro día estuve escuchando una conversación en un bar. Eran dos tipos, uno de los cuales decía ser dios. El otro chico le recriminaba que, si tenía el poder de hacer lo que quisiera, por qué no ayudaba a aquellas personas que más lo necesitan, aquellas que están al borde de la muerte, o siendo explotadas por beneficios ajenos. Dios, ni torpe ni perezoso, le recriminó al mortal, sabiendo de antemano toda su vida por supuesto: "tuviste la posibilidad de haber tenido éxito si hubieras estudiado lo que tanto te gustaba, en vez de abandonar la educación obligatoria y entrar tan prematuramente al mercado laboral; pusiste la mano en el fuego por una mujer la cual no te convenía, y lo sabías, pero preferiste seguir detrás de ella sólo por que te comía la polla todos los días"... y bueno, Dios siguió recriminándole un sin fin de cosas a aquel pobre hombre, el cual se quedó sin habla mirando al suelo.
Tras zamparme varias tapas, volví a casa dispuesto a dormir. Me cepillé los dientes con el cepillo eléctrico, le di de comer a la gata la comida especial para su raza que compré de oferta en el carrefour, me puse el pijama (es decir, nada), y me acosté en la cama de viscolatex. Con los ojos cerrados estuve pensando en lo que dijo Dios sobre las posibilidades perdidas de aquel hombre. Alguna vez había escuchado esa frase que dice: "Mejor arrepentirse de lo que has hecho, antes de hacerlo de lo que no has hecho". Realmente tenemos voluntad, voluntad de poder diría Nietzsche, pero, sea como sea, tenemos voluntad. Tal vez es una voluntad restringida y dependiente de nuestras costumbres, de nuestras experiencias y pensamientos individuales, pero es voluntad. Y nuestra voluntad nos brinda la posibilidad de hacer lo mejor (lo mejor bajo nuestro criterio propio) para nosotros mismos, es decir, tenemos el poder de elegir, de mutar, de escribir las páginas de nuestra historia, de poner el listón alto y exigirnos metas diversas, de estar por encima de nosotros mismos y superar nuestras costumbres. Realmente nuestra voluntad es nuestro mejor amigo, aunque también puede ser nuestro más aplastante y poderoso enemigo.
Los principales impedimentos del enfocado y canalizado albedrío son nuestras costumbres y nuestros pensamientos. Es aquí cuando uno puede ver si es esclavo de sí mismo o si es fuerte y puede estar por encima de los hilos de la marioneta. A veces nos metemos en bucles como comer compulsivamente, consumir estupefacientes, esclavizarnos con el sexo, pero también hay otros que no están catalogados como "malos", pero que comparten una cosa: pueden impedirnos ejercer nuestra voluntad. Por ejemplo algunos se las dan de cultos y leen un libro detrás de otro, otros leen o ven la prensa (con su parcialidad y manipulación en un segundo plano) gastando varias horas al día en el proceso, otros prefieren estar atentos a la familia, algunos se miran al espejo y eligen con una lógica externa lo que se van a poner, a veces pensamos que algo es lo idóneo y después nos cuesta convencernos de lo contrario, y no lo hacemos por orgullo, estamos tan convencidos de nuestra ideología que ya no nos la planteamos, si no que la ejercemos poniendo fin al proceso de mutación (durante toda nuestra vida debemos estar dispuestos a aprender). Esquematizando, lo que quiero decir es que nuestra voluntad nos pone objetivos, pero siendo objetivos (valga la redundancia), para llevarlos a cabo a veces tenemos que contradecirnos, tenemos que estar por encima de cualquier por supuesto, cuando logramos ésto sabemos que tenemos una voluntad fuerte, y que no somos esclavos de nosotros mismos. Tenemos el poder de hacer lo que queramos, así que... ¿por qué no hacerlo?

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