jueves, 11 de febrero de 2010

Los ideas son muy bonitas, la realidad no

No estoy seguro de que exista, tampoco lo estoy de que no exista. No hay evidencias tácitas omnipresentes que puedan servir de argumentación ante tal creencia; sólo hay especulaciones y desarrollos intelectuales que parecen resolver el enigma. Nada es real. Todo es tan factible y poderoso como la demostración de la existencia del alma y de su inmortalidad por parte de Platón (o Sócrates), es decir, puro desarrollo intelectual en pro de una teoría sin pies ni cabeza. Comparaciones ilícitas, demostraciones racionales, desarrollos intelectuales profundos... puro humo que demuestra la personalidad y la pretensión tan fuertes que motivan a unos pocos a desarrollar un intelecto y un poder de evasión tal que consigue cubrir las mentes de las grandes masas de población, convirtiéndolas en marionetas, al menos en cierto grado. También Platón me ha ayudado a asumir que toda teoría, por más estúpida que sea, es demostrable si consigues desarrollar tu mente lo suficiente (¿relativismo?).
El monoteismo de origen egipcio, al menos aparentemente, se viene desarrollando desde hace miles de años. Tantas veces mutado y reinterpretado, ha conseguido adaptarse a las mentes de los humanos desde hace 3500 años. Incluso hay evidencias de ello en los que ahora se autoproclaman ateos, y más aún en los agnósticos. Los científicos han conseguido hacerle frente, pero incluso a ellos se les denota la vena pretenciosa y se las dan de predicadores morales. Incluso Nietzsche, que tanto odia la esclavitud moral, no consigue separarse de la moralidad que tanto abomina, formando parte ésta del centro de su propia doctrina. De todos modos es normal que pase ésto cuando una ideología trata de explicarlo todo y, por tanto, coge y utiliza ideas ajenas y las trata como suyas. Así pues, negar una ideología de tal magnitud puede dar lugar a confusiones y contradicciones.
Pero antes que dedicar toda una vida a algo que tal vez no se pueda conseguir, a un fin difuso que se va definiendo muy lentamente, la preferencia mayoritaria es seguir la tendencia popular más acorde a la personalidad propia. Ejercer la humanidad más rastrera y, desgraciadamente, la más extendida.

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