miércoles, 13 de enero de 2010

Esclavos de nosotros mismos

Sentado en el sillón, sin saber qué hacer, me dispongo a cerrar los ojos y, sin pretensiones, imaginar cualquier cosa. Tal vez con la intención implícita de no malgastar mi tiempo y ver la televisión interior, el canal hacia mis pensamientos, donde el marketing comercial no tiene cabida. Comienzo a ver a mis amigos, a recordar algunos momentos de mi vida con mi familia, veo a mi hermana dando saltos en la cama, cuando me regalaron mi primera videoconsola, las monedas que ponía en la via del tren justo antes de que éste pasara durante un verano cerca de nuestra casa de campo. Qué coño, hacía tiempo que no recordaba esa casa de campo, "El Molino", donde con nuestros tirachinas disparábamos piedras al suelo y escuchábamos el sonido que hacían al rebotar con las piedras, y a continuación paseábamos entre arbustos cogiendo moras de diversos colores. Desde luego que deseo volver a aquellos tiempos, en los cuales no tenía preocupaciones tan agotadoras como las que me atormentan hoy día. Pero prefiero huir mentalmente hacia mis entrañas y esquivar, al menos momentaneamente, las tareas que por cojones tengo que hacer durante estos días.
Ya en mi cama, dispuesto a dormir vuelvo a recordar aquel maravilloso verano en "El Molino", con las comidas al aire libre, con las largas siestas y la piscina, donde mi tía en su comodidad familiar se bañaba y se ponía a tomar el sol totalmente desnuda, y yo con mis gafas de bucear la miraba de reojo, sin que ella se diera cuenta, e imaginaba muchas cosas que hacer con su vagina desnuda y abierta. Con 9 años y ya sufriendo un deseo sexual inmenso... A veces pienso que soy un poco prematuro en algunos aspectos; a los 5 años ya había recibido varias palizas, a los 6 años ya me masturbaba, con 13 ya empecé a emborracharme con mis amigos, también probé mi primer porro, y tras los 15, como regalo de cumpleaños, tuve mi primera relación sexual. Nada muy descabellado pienso, muchos a mi alrededor han pasado por lo mismo, y así evito preocuparme. Mi primer contacto sexual fue un poco deprimente así que prefiero no rememorarlo y pensar en otras cosas.
Llevo casi una hora en la cama, y no consigo dormir, pero cada vez mis pensamientos son más abstractos, más alejados de la realidad, más alucinógenos. Cansado de pensar en el pasado lejano prefiero recordar experiencias más cercanas. Ultimamente mi vida en familia está en detrimento y lo que más afecta a mi estado de ánimo son mis relaciones personales, mi vida fuera de casa. Estamos a finales de septiembre y ya es la segunda vez que me voy a la Goa, esa fiesta que se celebra una vez al mes en la discoteca Fabrik de Madrid, la discoteca más grande de la capital según tengo entendido. Aforo para 16.000 personas, una terraza inmensa con un rio transversal donde cisnes y patos comparten su lugar, unos dj's invitados con relevancia internacional que pinchan el mejor techno-house del momento, todo el mundo sonriendo, gritando y compartiendo esos momentos inolvidables. En el futuro la fiesta se comercializará y comenzará a venir gente de todo tipo, como ladrones y cabrones buscando pelea, pero durante los primeros tiempos de la Goa, era la mejor fiesta en la que te podías sumergir en Madrid, con diferencia.
Los ojos cerrados y una sonrisa en la cara, desde luego me encantó la última Goa. Fumamos mil porros y bebimos muchísimas copas antes de entrar; nuestro estado físico y mental estaba muy trastocado, pero nada que no se pueda solucionar con un poco de M. Una chupadita, dos chupaditas, tres chupaditas. Al principio no se nota, pero tras 20 minutos notas cómo los ojos rojos resultado de la marihuana se vuelven blancos como las nubes, el mareo del alcohol desaparece, y durante 10 minutos estás normal, como si no te hubieras metido nada en el cuerpo. Pero cuando comienzas a sentir el hormigueo en las piernas es cuando sonries y sabes que tu viaje va a comenzar. Es en ese momento cuando entramos a la discoteca.

Cada calada de aire puro que entraba en mis pulmones parecía que llegaba a todos los rincones de mi cuerpo. Sentía que respiraba el mejor aire del mundo y esa satisfacción por respirar me animaba a llenar y vaciar por completo mis globos internos de aire. El hormigueo inicial se trasladó de mis piernas a todo el cuerpo, no sentía los pasos que iba dando, parecía que flotaba sobre el suelo. Mis mandíbulas comenzaban a actuar por su cuenta y mi voz temblaba con cada palabra que decía. La música me daba unas ganas inmensas de bailar y me dejé llevar. Con una gran sonrisa me ponía a saludar a los desconocidos, miraba a mis amigos y gritaba, chocábamos las manos, saltábamos y animábamos a todos aquellos que no estuvieran bailando alrededor. Pero éstos eran pocos. Lo cierto es que toda la sala estaba patas arriba con la música. Mucha gente me miraba y sonreía, desconocidos que parecían ver lo bien que me lo pasaba. Decidimos tomarnos un descanso; fuimos al baño, nos tomamos lo que nos quedaba de cristal. A partir de ahí llegó mi verdadero viaje. Mi mente no actuaba de forma normal. Andaba leeeento mirando a la gente de alrededor, mi mandíbula no se estaba quieta ni un segundo, la risas se convertían en verdaderos chutes de felicidad, abrazaba a mis amigos y amigas durante largo tiempo sintiendo un placer enorme, podía fumarme los porros como si fueran aire puro, tardábamos 10 minutos en recorrer 10 metros, dando vueltas y vueltas sin parar por la discoteca. Por el camino veíamos a otros en nuestro mismo estado y nos hacíamos fotos y compartíamos cigarros con los ojos abiertos completamente y con unos movimientos poco coordinados:

- Oye tio ¿tienes un piti?
- Oh claro, un segundo. Miraba al cielo y pensaba, recordaba lo del piti y miraba mi pantalón, después lentamente bajaba mi mano hacia el bolsillo izquierdo del pantalón sacando mi móvil, después miraba al desconocido dudando, recordé lo del piti y volvía a mirar mi pantalón. Ya si acerté y cogí el paquete de cigarrillos, le di uno y me encendí otro a mí.
- Gracias amigo.
A continuación cada uno por su lado, sin olvidar un abrazo antes de despedirnos.
Me di cuenta de que estaba solo, y decidí dar unas vueltas por la macrodiscoteca en busca de algún conocido. Por el camino miraba de lejos a una chica rubia, ella también me miraba, nos miramos hasta que estuvimos la una delante del otro y nos dimos un fuerte beso con lengua, después nos fuimos cada uno por su lado. Después del largo paseo sin encontrar a mis amigos preferí llamar. Me fui fuera y cogí mi móvil dispuesto a llamar a Nacho. Tras duros esfuerzos por coger mi móvil, lo tenía entre mis manos. Mi visión era blanquecina, apenas distinguía los colores y todo brillaba de manera extraña. El móvil lo veía sí, pero partido en dos. Cerraba los ojos y cuando los volvía a abrir, el móvil estaba de una pieza, aunque partíendose en dos poco a poco. Cuando por fin conseguí entrar en la agenda no encontré el número de mi amigo, di más de cinco vueltas a todos mis números, y extrañado, no encontré el número. A la sexta vuelta es cuando conseguí ver el número de Nacho y llamarle. Quedamos frente al baño. Mientras esperaba me llamó mi madre al móvil, me preguntó que qué tal estaba, y yo la dije que bien, con la voz temblando y gritando como si ella estuviera a 20 metros de mí, colgué apresuradamente. Cuando llegaron mis colegas decidimos ir a la sala principal, donde en poco tiempo empezaba el último dj a pinchar, allí estaba el resto de nuestros compañeros.
Allí, en la pista principal, estaban poniendo música tranquila, que poco a poco se fue apagando, hasta que los altavoces no emitían ningún sonido. Las luces encendidas y la gente gritando. Las luces blancas iluminaban todo de manera extraña, y tras unos segundos un ritmo grave y repetitivo comienza a invadir la sala. Un techno oscuro y muy bailable pone a saltar a todo el mundo y las luces parpadean haciendo que todos los movimientos se vean entrecortados. Durante esos últimos momentos me domina la música. No paro de bailar, saltar, y gritar. Veo que las luces del escenario se acercan y se apoderan de todo mi campo visual. Escucho la música a su ritmo normal pero todas las personas se mueven a cámara rápida. Me miro las manos, y las veo de colores extraños. Busco a mi amigo Miguel para pedirle un cigarro (a mí se me han acabado) pero no le encuentro, sin moverme hago un repaso visual entre todos mis amigos, pero no le veo. Finalmente le pregunto a Nacho si sabe algo de él, y me lo señala riéndose. Miguel estaba justo delante de mí y no me había dado cuenta. Lo que quedaba de fiesta, hasta que a las 12 de la noche apagaran la música, estuve bailando y disfrutando de mis alucinaciones y de mi sensación de volar. Fue recordando esto en mi cama cuando, sin quererlo ni beberlo mi corazon comienza a latir más deprisa golpeando bruscamente mi caja torácica, abro los ojos y mis manos están de colores, me levanto bruscamente de la cama y mi respiración se vuelve extremadamente rápida. Estaba reviviendo las sensaciones de aquel día de fiesta, pero me estaba asustando. En ese momento fue cuando tuve claro que las drogas habían hecho huella en mí. Durante el primer verano con 18 años había probado muchas y ahora, en septiembre notaba los efectos sólo con recordar aquellos días.

Me fui a la cocina a comer y a tranquilizarme. Me tomé un vaso de zumo y volví a la cama. Ahora me concentré en el día siguiente, y me dormí rápidamente.

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